El salto de As Pontes a África

El salto de As Pontes a África

La enfermera pontesa Sara López Valiña, de 26 años, viajó hace poco más de dos meses con la ONG Born to Learn a Tanzania para cumplir su sueño de ser voluntaria y ya lo tiene claro. Volverá y animará a todo aquel que se lo plantee. «El dinero llega», defiende.

ACABA DE LLEGAR y ya está pensando en volver. Su cabeza todavía sigue en África y reconoce que la vida se ve con otros ojos después de una experiencia así. La pontesa Sara López Valiña, de 26 años, siempre tuvo en mente colaborar con una ONG. «Desde pequeña quise hacerlo», dice. Y hace poco más de dos meses hizo realidad uno de sus sueños.

«Un amigo médico me animó para ir con él y mandé el currículo y una carta de motivación a Born to Learn -una pequeña ONG creada en Moshi, Tanzania, en enero de 2011-», explica una joven que lleva año y medio trabajando de enfermera en el Arquitecto Marcide de Ferrol. El plazo ya estaba cerrado, pero como excepción, la cogieron. Y el sí de la ONG fue su puerta abierta hacia África, un país que pisaba por primera vez.

«Lo mejor fue conocer a la gente de allí y el equipo que formamos los compañeros, y como aprendías día a día a superar situaciones», dice Sara, mientras habla con una sonrisa de Tanzania, un país en el que vio mucha pobreza y vivió realidades «muy duras», pero en el que aprendió muchas lecciones.

«Nunca había estado en un sitio tan diferente. Es un cambio muy drástico, pero la gente nos acogió muy bien. Te muestran mucho cariño. Es todo muy diferente. Y es chocante el ritmo de vida. Se levantan y su objetivo es tener algo para comer, pero siempre utilizan la misma expresión: ‘polepole’, que se traduce del suajili como despacio. Es otro ritmo», relata, una joven que no ve barreras.

Participó en una caravana médica, colaboró con un hospital, ayudó con chequeos a niños y familias y conoció a los masai

«Sé el inglés básico del instituto y acabamos aprendiendo palabras básicas en suajili. Y si ves que a alguien le pasa algo, lo sientes, da igual el idioma», dice.

En el mes y medio que vivió en Tanzania formó parte de un equipo de once personas, entre enfermeros y médicos. «La primera semana estuvimos en una caravana médica con una asociación de Canadá para hacer reconocimientos y entregar medicinas. Siempre íbamos acompañados de dos médicos de Tanzania, si no el gobierno no te permite entregar medicinas», explica. Después, se acercó a la vida de las tribus Masai y los pueblos de la región del Kilimanjaro, colaboraron con el hospital TPS y realizaron chequeos a todos los niños del colegio y sus familias en Newland.

«Lo que más había era tiña y sarna, infecciones de la piel y muchos menores maltratados, que viven en familias desestructuradas. También mutilaciones genitales y abusos. Para los niños ir al colegio significa comer. Andan hora y media para llegar y ayudan a sus padres. La mayoría viven sin electricidad ni agua potable», describe, y reconoce que a veces se hacía muy duro.

«Lo peor es la impotencia de pensar que no estábamos haciendo suficiente y comparar las cosas con España. Aquí tenemos una vida muy buena y allí lo mínimo no lo pueden tener», explica, mientras relata un mundo de contradicciones, rodeado de pobreza, pero donde todos -«hasta los Masai», destaca- tienen smartphone y conocen a cada equipo de fútbol de España.

«Mi familia me apoyó. Al principio les daba algo de miedo, pero ahora están encantados. Mi objetivo es volver al mismo proyecto el año que viene y después conocer otras realidades. Esto engancha a todo el que lo prueba. Y animaría a toda la gente a vivirlo», indica, al tiempo que defiende la necesidad de un cambio de mentalidad.

«El dinero sí que se destina a un fin, sí que llega, y estas pequeñas ONG de poco renombre hacen un gran trabajo», explica. Ella regresó con cientos de recuerdos, la sorpresa de una comida «con mucho sabor y especias», que le gustó, y su mochila llena de fotos y vestidos de las costureras, que «hacían a ojo y quedaban perfectos».

El Progreso